Hoy es tu cumple y salvo yo (y facebook), nadie lo sabe. Hoy es tu cumple, huevón, 61 años… es un montón. Hace un año exacto estabamos muy lejos de este sitio. Esta ciudad nos estaba enfermando, la gente malintencionada y los fantasmas que teníamos dentro no nos dejaban descansar, así que huímos. Los dos solos, con un par de cajas chicas donde resumimos toda nuestra existencia: cinco calzones y un par de polos, tu libro favorito, la foto de mis amigos y un mechón de pelo. Llegamos a Los Organos, Piura. La playa era hermosa y vivíamos a solo dos o tres cuadras. Nuestra casa era grande y alquilada. Nunca la limpiamos. Habían mejores cosas que hacer que limpiar.
Hace un año exacto estabamos juntos. Echados en un par de colchones que tiramos en la sala, improvisabamos como vivir cada noche (porque los días los dormíamos), viendo películas de Bruce Lee, tomando kanú, jugando poker, fumando mucho, pucho tras pucho tras pucho, comiendo “bolos”, perdiendo la cabeza con pepas, hartas pepas, historias tristes, llorando a mi vieja, llorando juntos sin ella, bañándonos de noche en el mar, en silencio, caminando de la mano, juntos y con miedo, la incertidumbre era terrible, esos días fueron largos y extraños, no sabíamos nada. No sabíamos que hacer. El dinero empezaba a agotarse, yo iba a perder la universidad. Tu te querías matar todos los días, yo cocinaba una vez cada tres días canchita o algo así. Nunca faltó dinero para comer, pero si para fumar, así que priorizabamos. No le hablabamos a nadie en el pueblo, pasamos días sin decir más de diez palabras, pensé que me volvería loca. Escuché más música que nunca, a pesar de solo tener unas cuantas canciones descargadas, las escuché hasta que se agotaran, hasta aprender cada sonido. Te gustaba Yes, the river knows, de The Doors, y caminabamos compartiendo audifonos. La gente del pueblo pensaba que eramos amantes. Nos daba risa, pero no demasiada. Caminabamos sin tabas, salíamos en traje de baño. Tu socio de mierda arruinó el negocio y eso nos traía locos. Esos días eran largos, las noches, borrosas. El calor y las moscas jodian, La vero jodía, escribiendome mails repetitivos y dolorosos, pidiendome que vuelva a Lima, que mi abuela lloraba todos los días por mi. Que la universidad, el trabajo, las responsabilidades, que piense en mi futuro, en que haré, en mis hijos (¿hijos?), en mi futuro… mi futuro. Así pasaron los días, hablando poco, riendo poco, amando mucho, viviendo más libres que nunca en el norte, un lugar tan bello como surreal, no había mucho qué hacer, no sabíamos que hacer, salvo recordar épocas mejores. Extrañabamos todo, con ese sabor de haber perdido, de haber perdido siempre, de haberlo dado todo y estar muy dañado y muy cansado como para empezar de nuevo. Las cosas comenzaron a marchar mal. Tuve que volver sola a Lima, fue la primera vez que viajé sola, abrazando mi cuaderno de dibujos y mi laptop. Al llegar me hospedé en casa de una amiga, su viejo era un drogadicto horrible, vivía con otras chicas más, cada una con sus respectivas historias, a veces chupabamos vino barato en pijama a contarnos porqué estabamos solas, lejos de casa, a armarnos un poco de valor contra la vida, contra la gente, contra esta ciudad de mierda que me puso la soga al cuello. Conseguí un trabajo y separé mi matrícula. Tu viniste a Lima, te fuiste a vivir a San Bartolo. La vida en la playa puede ser mala, pero nunca desdichada. Yo seguí viviendo con mis amigas. La situación ahí también se puso insostenible, tuve que volver a “casa”, con un perdón falso en la boca, traicionandome. Pero bueno… no me quedaba de otra. Volví y nos comenzamos a ver menos. Yo intentaba ir a san Bartolo tanto como podía. Aunque ese último mes, solo fui un par de veces. Hasta ahora conservo tus mails, donde pedías que te vaya a visitar. Fui el mismo día que conseguí trabajo en el banco de crédito. Le pedí prestado dinero a mi room-mate y me fui a buscarte. Caminé una hora hasta llegar al malecón, no recordaba muy bien cual era la casa, no iba desde que tenía unos 9 o 10 años. Después de un rato la encontré. Abriste la puerta, estabas en traje de baño con cara de “quién chucha es!?”. Pero era yo. Y lloraste al verme. Yo me reí con cara de “ay papa, no hagas drama”, pero en el fondo también quería llorar. Dormimos juntos y te pateé la cara de casualidad. Nos reimos del suceso, me sentí mal por eso. El día siguiente fuimos a la playa, el agua estaba muy fría para mi, así que me quedé en la arena, viendote chapotear. Eras grande y fuerte, mucho más alto que el resto de la gente que estaba al lado tuyo. Me dio gusto verte viejo y fuerte, me daba cierta extraña seguridad. Pasaron dos semanas. Volví a verte. Ese día se presentaban The Skatalites, así que fui a verlos. Una amiga leca con la que a veces agarraba era hijastra del dueño del peñascal, así que entre en vip y gratis. La huevona se emborrachó y terminé con algunos amigos que también habían ido, entre ellos, el buen Giacomo. Terminó el concierto, la pasé de putamadre. Ese día me sentí tan bien. Sentí que de repente, todo estaba tomando forma. Tu estabas bien y yo también. Había conseguido un trabajo, la universidad estaba pagada, comíamos bien y seguíamos teniendo la playa al frente. Ese día, podía ser joven de nuevo y divertirme y no tener miedos ni responsabilidades ni nada. Fui a la casa con mis amigos, no tenían donde pasar la noche. La sala no tenía muebles, pero tenía vista al mar, así que a nadie le importó lo primero. Había un triplay, ahí nos sentamos, fumando con la brisa en la cara, porque el mar no estaba a más de 10 metros, hasta quedarnos dormidos. Me desperté al rato, todavía no amanecía, así que me fuí a acurrucar contigo. No te despertaste ni nada, pero si te hiciste a un lado, dandome espacio para dormir. Al despertar, mis amigos ya se habían ido, y tu estabas al lado. Fuimos a desayunar. Me llamaron. Giacomo dijo algo como “Vi tus pies al lado de los de tu padre y se que no debía despertarlos. Ustedes son de putamadre!”. Me dio gusto. Desayunamos y almorzarmos con dos horas de diferencia. Ya eran las 3 y si quería volver a Lima, debía apurarme. Me fumé el último cigarro de día en la terraza, viendo el mar, viendote, con tu barba y tu sonrisa gastada y sincera. El día era hermoso. Raro. Caminamos por el malecón y te dije que te amaba, por primera vez en toda mi vida. Ese día fue muy raro. Yo estaba cantando y me preguntaste que canción era. Me ayudabas a cargar mi bolso, que pesaba un culo. A mi me faltaba el aire al subir las escaleras hacia el malecón, decías que debía de dejar de fumar. El sol era naranja y todo lo que iluminaba también lo era. La acera era naranja, las casas, blancas, también. Todo estaba superluminoso y pensé algo estúpido que tu también estabas pensando “asu, como en las películas”. Terminando de ver el mar, me dijiste que eras feliz. Que te sentías feliz. Que fuera de todo, de la mierda que teníamos encima, todo estaba bien. Que nada era tan importante, salvo nosotros. Que el amor, al final del día, es lo único que vale la pena. Que el simple hecho de que estemos vivos y frente al mar hacía que todo el resto no existiera. Que el presente es perfecto porque es lo único existente. Quería llorar pero no lo hice, quería llorar muchísimo. Fue la misma sensación que tuve el último día que vi a mi mamá. Es algo en el aire que percibí, en la luz que nos bañó. Tenía un nudo en la garganta enorme, casi no pude hablar sin llorar. Ese día todo tuvo sentido y la belleza era muy aplastante. Fue como estar en San Pedro. Me embarcaste en un mototaxi y le dijiste al tipo que conducía: “No corra mucho que es todo lo que tengo” y me sonreiste. Eramos todo lo que teníamos. Te di un abrazo muy fuerte, el mejor de todos. Lloré todo el camino de regreso, no quería irme, no quería ir a ningún lado sin ti.
Hablamos por telefono un par de días después. Estaba viendo South Park así que no presté mucha atención. Te dije que te quería. Un beso y un abrazo. El viernes llegué a casa a almorzar, creo que llegaba de trabajar o algo así. Vero abrió la puerta y me abrazó, llorando. Te habías muerto pues huevón. Y yo no lo entiendo. Supongo que algo así jamas se entiende. Es jodido, sabes. Hoy cumples 61 años y tu facebook sigue abierto. La gente te escribe, yo no se qué decir. Muchos de mis amigos no saben lo que pasó, ni saben que ya no estás. Es que aveces yo también me olvido de tu ausencia, y te pienso tomando sol en el sur, en chancletas. Hoy cumplirías años, si estuvieras aquí. Y en cierto modo estás aquí; en mis cejas (que en realidad son tuyas), en la manera en la que camino, en mi apellido. En cada dibujo que hago, en el cafe Haití, en Barranco, en Coronel Portillo y cada carro rojo que veo pasar. En la cajita de madera que tengo en el closet, con cenizas, que suponen ser tu, pero más recuerdan esos días en el norte, nostalgicos y descalzos, con los ceniceros llenos.